sábado, 18 de febrero de 2017

VETERANOS DE LA FRONTERA. El Baile de los Sábados y la vida en los Fortines de los Gendarmes de Linea en la epoca de los malones. Narraciones fortineras y de la vida de los Gendarmes de Linea. Fragmento de Revisión Histórica Militar - Narraciones Fortineras (1917 - 1938): "Calvario y Muerte", Nestor Golpe, Buenos Aires, 1947.


"Desde las luchas por la Independencia Nacional, hasta la guerra por recuperar las Islas Malvinas, fueron muchos los argentinos que dieron su vida por defender la Patria; lo hicieron por millones de compatriotas, contemporáneos y venideros, demostrando una valentía suprema y un amor inconmensurable. En los libros de historia sólo podemos encontrar unos pocos nombres, que se han destacado por su acción. Hoy nosotros queremos rendir un merecido homenaje a esos soldados desconocidos, que no figuran en libros, diarios y revistas, pero que murieron en suelo de nuestra Patria y nos representaron a todos los habitantes, tan dignamente, defendiendo nuestros derechos. Sólo podemos expresar, además de nuestro recuerdo, un" ¡Viva la Patria!


"En las Grandes Guardias y Fortines las diversiones eran muy escasas por no decir que no existían. Sin embargo los sábados por la tarde y los domingos, que se consideraban días de descanso, siempre se improvisaban algunos partidos de fútbol, tiro al blanco, sobre todo blancos móviles, juegos de barajas, ajedrez, damas y dados, pero, el cumplimiento de esta orden tenía por cierto una relativa elasticidad, pues el personal jugaba por tarros de durazno que no había, pero que podían llegar alguna vez, en carros de comerciantes que recorrían la zona militar con su debida autorización y que no solo traían tarros de durazno, sino bebidas, cigarrillos, prendas femeninas de vestir, espuelas, maneas, cabezadas de bonito y hábil trenzado, cigarros, algunas frutas de estación, naranjas, melones y sandías, cigarros poí y poguazú paraguayos, etc, una mezcla indiscriminada, dual y versátil, que sorprendía, pero que en el espacio de un día y su noche, el comerciante vendía en su totalidad. 

El hombre de fortín compraba cualquier cosa, todo, hasta lo más inútil o innecesario allí valía y se compraba, quizás a doble precio, pero se adquiría, la cuestión era gastar el dinero en algo, lo que fuera. 

Los comerciantes con permiso, los cantineros de las Grandes Guardias y los nómades mercachifles, hacían su agosto recorriendo con sus carros bien provistos de chucherías la línea de fortines, eran bien recibidos y muy esperados, las razones obvias...En relación con las casi nulas posibilidades de promover algunas o por lo menos alguna diversión honesta para mis hombres, ordené y reglamenté lo que se dio en llamar "el baile de los sábados"

Así fue que reuní en mi rancho Casino, a todos mis suboficiales, algunos voluntarios y el cantinero Duarte y en conversación franca y amistosa, empezamos a organizar la diversión. 

En principio se habló de orquesta, que con rapidez fue formada, componiéndose ella de un violinista, dos guitarras, un bombo y un flautista, un quinteto que resolvimos se conocieran entre sí y se ejercitaran diariamente, durante no menos de dos horas. 

En principio las piezas bailables a tocar serían, vals, zamba, polca (Chamamé). tango, pasodoble, chacarera, Santa Fé, etc. De pieza en pieza diez minutos de descanso para los músicos, a los que cada cinco piezas con entusiasmo tocadas, se les servirían una copita, administrada por el cantinero, don Duarte y sus dos asistentes designados en cada baile, como mozos de servicio, los que también podían gozar del baile, en el descanso de los menesteres a cumplir.


La concurrencia masculina y femenina al baile de los Sábados, se decretó obligatoria. Solo podían no concurrir los enfermos o enfermas, debidamente controladas estas inasistencias, por el encargado del escuadrón, Sargento 1º Salto. 

Como había algunas mujeres que en sus ilegales uniones, tenían hijos, algunos muy pequeños y mamando, se ordenó que debajo del tinglado de las cuadras, frente a la plaza de armas de la Gran Guardia transformada en pista de baile, se colocaran no menos de 10 camas con mosquiteros, para alojar debidamente a los pequeños, los que debían ser observados cuidadosamente, por el imaginaria nombrado para el cumplimiento de tan serio y hogareño trabajo.


La duración del baile se reglamentó en no menos de 4 horas, empezando la música a las 21,30. El baile en si no se podía empezar hasta la llegada del comandante del escuadrón, en este caso yo. El encargado del escuadrón presentaba la reunión bailable, daba las novedades por escrito, yo daba al conjunto las buenas noches y al arrancar los músicos con la pieza bailable elegida, me adelantaba y solicitando galantemente el baile a la concubina de mi Sargento 1º, la Doña Antonia, la función bailable se declaraba abierta, todos sacaban sus compañeras y lo demás ya se sabe, cada cual hacía gala de sus conocimientos en la danza como mejor pudiera.


Se pasaban momentos muy agradables, se conversaba, se contaban cuentos y todos se sentían agradados y felices; ¿qué menos se le podía brindar a estos hombres que sólo cumplían con dignidad y disciplina sus deberes militares? la guardia de prevención custodiaba que la gente, tanto mujeres como hombres, no se pasaran en la bebida, ni dejaran de ser educados y galantes con las damas fortineras; el que se desviaba de estas normas, pasaba como huésped a uno de los calabozos fortineros, llamados mas bien "vinchuqueras", pues habitaban en ellos cantidad de vinchucas negras, peores que los tábanos, pués eran menos cordiales y más insistente en sus ataques que aquellos. Recién al otro día se los sancionaba con recargos en el trabajo diario. Sin embargo, muy pocas veces sucedían estos hechos desagradables, todos se comportaban con corrección, además sabían que al insistir en mal comportamiento podía traer como consecuencia la suspensión del baile de los Sábados.



Así eran estos hombres, casi como niños, yo sabía que eran capaces de matar o morir, sin que se les moviera un pelo, pero también sabía y mucho, sobre su bondad humana, su valor infinito y su lealtad sin límites. Habían conquistado mi cariño y yo los cuidaba como si fueran mis hijos. En mis conversaciones con ellos siempre les recordaba que las "diversiones eran placer y las obligaciones un deber".

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